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Emblema del Club Bolívar
Digo ˇBolívar! y siento que se me aclara el alma

Digo ˇBolívar! y siento que se me aclara el almaDigo ˇBolívar! y siento que se me aclara el almaDigo ˇBolívar! y siento que se me aclara el alma

Obra Poética de Fernando Díez de Medina

11 diciembre 1975

Hay quienes piensan que el fútbol es un deporte violento, para el cual sólo se requiere agilidad y fuerza en el manejo del balón. Craso error. Esta disciplina física es ciencia y arte a la vez: exige una prepa¬ración adecuada y una técnica especial que sólo se adquieren con esfuerzo y experiencia. Desde los griegos se tuvo a la cultura física-gimnasia y competencias son,áticas- como parte esencial en la formación del hombre. La célebre sentencia mente sana en cuerpo sano" consagra la polaridad indivisible de un desarrollo armonioso.

No se trata, pues, únicamente de patadas, goles, y proezas corriendo detrás de una pelota, sino del espectáculo del siglo que hace vibrar a las multitudes porque concentra una explosión de energías de cuerpo y alma, cuidadosamente reguladas. Qué fuerza, qué elegancia, qué destreza, qué gritos de asombro y de alegría cuando el jugador sacude la red tras una jugada magistral!

Sostengo que en esta Casa de la Cultura, bien se puede hablar de fútbol, deporte viril por excelencia, porque todo cuanto se refiere a vitalidad, preservación y perfeccionamiento de las actividades corporales, es parte integrante de la curva biológica que modela al hombre. Y por consiguiente disci¬plina y sabiduría a un tiempo.

Pero no estamos aquí para dictar un curso de didáctica deportiva ni para dibujar una teoría del balompié, práctica que no necesita defensores por¬que ella sola tiene más partidarios que todos los partidos políticos juntos.

El fútbol: esa escuela de reciedumbre, de coraje, de nobleza, que hace de los adolescentes, hombres; de los tímidos, luchadores, y de los impetuosos, serenos domadores de su propio ímpetu vital.

Y no se alegue que también el popular deporte genera matones e incidentes desagradables, porque ésos son lunares que afectan toda actividad humana. Hay que ver la imagen positiva del fenómeno; por un desaforado hay centenares de balompedistas caballerosos, por un partido borrascoso, de¬cenas de encuentros en comíables.

Para educación del carácter, cultivo de la amis¬tad, y afinamiento de las virtudes de audacia y rapidez, nada como el fútbol. Es la respuesta práctica a esa formación para la vida que preconizaba Platón bajo las pérgolas helénicas, que repitió el maestro Vives en sus discursos académicos, y que ahora reflorece en la pré¬dica renovadora de llitch, y otros pedagogos.

Invento del diablo -dicen algunos-.-. Yo diré, al contrario, que también los ángeles juegan fútbol con sus alas desplegadas.
Y entremos en materia. Nos reunimos para ce¬lebrar el cincuentenario del glorioso Club "Bolívar", nervio y pasión del deporte boliviano.
Los bolivaristas somos modestos y orgullosos a un tiempo mismo. Modestos porque no nos creemos los mejores ni los únicos: sabemos que hay otros cuadros y otros partidarios tan buenos y tan dignos como nosotros. Orgullosos porque si alguien dice que el Club ‘Bolívar' no es un cuadro maravilloso, apretamos los puños, los corazones baten como tambores dentro del pecho y somos capaces de arremeter contra el osado así tenga la talla y el renombre de Muhamed Ali.

Aun pediré excusas al público si como fiel "hincha" del cuadro celeste me dejo llevar del entu¬siasmo. Aceptaré silbidos, voces de protesta, insultos y desafíos a la salida, cosas que absorbí duran¬te 40 años. Pero el caso no tiene remedio: el "bolivarismo" es una fiebre galopante que una vez contraída no nos deja nunca.
Enfoquemos a esos muchachos capitaneados por Mario Alborta que en¬traban a la cancha con sus chaquetas azules ri¬beteadas de blanco, se las sacaban y al brillar al sol de oro las camisetas celestes una tempestad de vítores y aplausos nos parecía que traía el fragor de las olas del Pacífico lejano.

Yo digo "iBolívar!" y siento que se me aclara el alma.

¿Cómo nació nuestra Institución? Al calor de la amistad y el entusiasmo. Pobre, modestísima, en una casa de la calle Junín. Unos pusieron contados pesos y otros sólo centavos. Terán dio su casa. El primer presidente provisional fue Humberto Bonifacio. Era en abril de 1925. Será justo evocar a los fundadores. La primera Mesa Directiva la preside Carlos Terán y lo acompañan Ernesto Sainz, Héctor Salcedo, Rafael Navarro y Felipe Gutiérrez. El primer equipo de ese año estaba formado por Walter Miranda, Enrique Tellería, Felipe Gutiérrez, Nieto, Víctor Leclere, Carlos Terán, Germán Garnica, Roberto Segaline, Miguel Carreón, Luis Ernesto Sainz, siendo su capitán Humberto Barreda.

En 1926, para ingresar a la segunda división del fútbol paceño, fueron in¬corporados Alfredo Molina, Carlos Alvarez y Roberto Gómez.

Lo revelador es consignar que los fundadores intuyendo la conjunción de cultura y deporte denominaron primitivamente a la entidad "Atlético Bolívar Literario Musical". No fueron pues simples pataduras como se suele calificar a los balompedistas, sino hombres cultos que perseguían el perfeccionamiento físico e intelectual.

Sería imposible nombrar a todos los presidentes, animadores, propulsores sociales, capitanes y estrellas con que el Club Bolívar consteló nuestro firmamento futbolístico. Esta no es una historia, que algún día se hará, sino una simple evocación lírica. Pero si los conductores y benefactores de la Institución han sido muchos, hay uno que no puede borrarse de mi memoria porque durante largos años fue la conciencia vigilante del "Bolívar", me refiero a Don Armando Gamarra, el popular "Oso" Gamarra, ese que podía vender su camisa para que el Club sobreviviera de sus crisis eco-nómicas o en el juego.

¡Qué tiempos aquéllos! Entonces reinaban la amistad verdadera y el desinterés permanente. Fraternal convivencia. El pundonor futbolístico como la vergüenza torera constituían el mejor pre¬mio. ¿Se jugaba mejor o era que la ausencia de las tácticas cerradas de hoy permitía un mayor despliegue de las habilidades individuales? No lo sé, porque no soy técnico en la materia, pero astros como aquéllos difícilmente se repetirán.

Ese "Bolívar" de los grandes triunfos y las honrosísimas derrotas, porque se ganaba o se perdía con elegancia y con valor. Una tarde, en Miraflores, al admirar una combinación maravillosa de pases cortos y precisos entre Alborta, Molina y Tapia, aéreos como pasos de "ballet", un fanático gritó estremecido de fervor: Está jugando la academia!" Y el sobrenombre del "Bolívar" quedaría para siempre.

¿Cómo podría yo, sim¬ple "hincha" que en la juventud vistió la casaca celeste, evocar las emo¬ciones mágicas que des¬pertó en las muchedum¬bres el "once" del color del mar y de los cielos?

Recuerdo esa primera gira a Chile en 1930. No fue muy favorable. Llega¬ron algunos goles extranjeros en las maletas bolívaristas, otros de los nuestros perforaron los arcos chilenos. Yo sólo quiero acordarme de esa victoria soberbia sobre el Seleccionado de Temuco cuando la artillería del "Bolívar" hizo temblar con seis goles las redes araucanas!

Ese "Bolívar" de los tiempos de oro... Tenía dos "cracks" insupera¬bles; uno en la defensa, otro para el ataque: Mario Alborta y Beriche Renjel. Alborta fue una de las cumbres de nuestro fútbol. Jugaba un fútbol científico, de precisión geométrica, casi diría intelectual, de perfección clásica. Su mirada de águila dominaba toda la cancha. Nadie le ganaba en la justeza de los pases cuando abría el juego por las alas ni en la potencia de los disparos libres. Ese gol que marcó en Santiago de Chile, al minuto de juego, fue único en los anales del balompié sudamericano. Por los extremos, Nicomedes Tapia, veloz y eficacísimo, y el atrevido Cabro Plaza, un verdadero cabrito que desde los 18 años se convirtió en el terror de los arqueros, gran jugador que llegó a presidente del Club. Los intrépidos arqueros: Ponce, Saavedra y el gran Angel Velasco tan difícil de batir. Recuerdo a excelentes jugadores como Aguilar, Segaline, Bustamante, Sainz, Fernando Velasco, Arturo Plaza, Gualberto Saravia, Quiroga. Y en la defensa revi¬ven las figuras estupendas del coloso Durandal y Angulo el corajudo, respaldando a ese señor de las canchas -señor por su dominio del balón y por su conducta- que se llama Armando Beriche Renjel, ídolo de las multitudes. Y esta¬ba, todavía, el insigne Alfredo Molina, interior en la ofensiva, el hombre que armaba los ataques, el de los disparos fulminantes y los pases matemáticos, que durante 14 años integró todos los cuadros del "Bolívar".

Recuerdo los domingos de mis mocedades cuando con Carlos Dorado Chopitea y José Romero Loza, con quienes integramos la división especial del "Bolívar", amén de otros amigos, íbamos al estadio. Esa tarde jugaba por primera vez en La Paz un equipo brasileño. Está¬bamos nerviosos. No sé quién apuntó:
-Son muy fuertes los brasileños. ¿Y si pierde el "Bolívar"? Olvidando los años de amistad casi le atizo una trompada al pesimista. Y le contesté con el vocablo de Abaroa.

-,Cómo va a perder el "Bolívar" si está el Mario Alborta en. la delantera y el Beriche Renjel en la defensa?

Sé que olvido mencionar a muchos y de los buenos. Que disculpen la mala memoria y los pocos datos que pude obtener. Vinieron después las giras al Perú, al Ecuador y al norte argentino, en las cuales nuestro Club ganó afectos y admiración: más goles en favor que en contra.

Al regresar los jugadores, hubo una explosión popular que desde la es¬tación del F.C. hasta la Plaza Murillo los transportó casi todo el trayecto en hombros. En "Bolívar" era, ya, una institución nacional.

Nuestro Club ganó mu¬chos campeonatos locales y muchos "clásicos". No hagamos estadísticas mezquinas. La verdad es que el valeroso y caballeroso "The Strongest" siempre fue rival temible y señorial. No en vano aurinegros y celestes son los dos pumas del fútbol boli-viano.

Pero el "Bolívar" no es sólo una institución deportiva. Una atmósfera de alta calidad humana ciñe sus actividades. Vela ce¬losamente por el bienestar de sus jugadores, crea vínculos fraternales entre sus socios. Es conmovedor visitar la que fue casa solariega de los Terán, hoy sede del Club "Bolívar". Un gran patio de arcadas coloniales y el blanco y el azul hiriendo los ojos. Todo sencillo y austero. La sala de honor, la biblioteca, el recinto de los trofeos y las fotografías memorables. Más allá, la enfermería, la sala de ajedrez, los archivos. Limpio y ordenado  todo. Un rayo evangélico cruza el recinto: allí se busca el bienestar de jugadores y de socios, lo deportivo trasciende a cooperación social. Se estudian planes y sistemas para beneficiar a la gran comunidad bouvarista. Y esta acción no es únicamente local: irradia a todo el territorio don¬de existen filiales del Club "Bolívar" igualmente activas y entusiastas.

Rara alquimia de la voluntad: el fútbol transmu¬tado en palanca eficaz de promoción humana.

Qué es el balompié sino una exultación de vida y de poder.

Se cree que unos pocos juegan para muchos. No es verdad: jugamos todos, 20, 300 50.000 espectadores. Veintidós se mueven allí abajo, en el campo de esmeralda, mi¬llares iniciamos la revolución interior en la quietud de los asientos. El delan¬tero con arrojo homérico se desplaza en la cancha y dispara el tiro furibundo en el cual comprime toda-su energía, pero también el "hincha" lo sigue en la jugada con el corazón a tumbos y estalla en el grito apasionado o en la protesta pintoresca en los que se vuelca entero.

Esa pequeña esfera de cuero, antes amarilla hoy blanquinegra, ¿por qué magia incomprensible tiene la virtud de suspender los ánimos? Porque no se diga que el suspenso está en las novelas policiales o en las películas truculentas. Cuando durante no¬venta minutos los aman¬tes del fútbol vivimos suspendidos de un hijo que nos tiro y nos desgarra hasta que suena el pitazo que finaliza la partida.

Allí abajo, veintidós hélices giran locamente en humana inquietud de victoria. Aquí, en el vasto anfiteatro de cemento, millares de motores humanos vibran de impaciencia. Hay una metafísica en el juego de pelota que cono¬cieron las antiguas razas atléticas, adivinada por el peruano Parra del Riego en su magnífico "Polirritmo dinámico de Gradín" -ese jugador uruguayo, astro fulgurante como nuestro inolvidable Maestro Ugarte-, esa tensión desconocida que nadie sabe por qué brota ni cuándo termina, que nos transforma de seres tranquilos en fieras desatadas. Cruzan por el campo y por el público Aquiles y Héctor, Ulises y Alejan¬dro, el superhombre de Nietzsche y la voluntad de poderío del águila encan¬denada en Santa Helena. Las jugadas elegantes evocan la fina estrategia de Antonio José de Sucre batiendo uno por uno a los regimientos peninsulares en el campo de Ayacucho, y cuando un equipo comienza vencido y de pronto se rehace hasta alcanzar el triunfo, la sombra del Libertador nos vuelve a sus proféticas palabras: "El arte de ven¬cer se aprende en las derrotas".

Vida vibrante, historia conjugada. Todo cuanto el hombre tiene de gue¬rrero y de artista se com¬bina en la ciencia futbolística. Es el arte más difícil que se juega con la cabe¬za y con los pies, con inte¬ligencia para concebir las jugadas, con potencia muscular en el remate fi¬nal. En verdad: con todo el cuerpo y el alma toda. El hombre fuga como es¬trella velocísima o se des-plaza vertiginoso convertido en partícula infratómica. Se diría que los enigmas del universo se concentran y subliman en la suprema explosión de energías, en los movimientos polifónicos de avance y de rechazo, en esa tempestad organizada de las mentes y los cuerpos que se conciertan hacia la finalidad soberbia, exacta, hermosa, admirable, potente y perfectísima del gol.

Y vi un tanto logrado desde la mitad de la cancha por el capitán del equipo del Colegio Militar, "crack" y héroe a la vez, ese estupendo atleta que se llamó Hugo Estrada. Un disparo de Alfredo Molina, el cañonero, que dejó parado al guardapa¬los rival. Esos "penales" de Ugarte que nunca fallaron porque conocían el camino hacia la red. Combinaciones hermosísimas de filigrana o de encaje. Sutiles "peinadas" de cabeza que desviaban el balón detrás del guarda-vallas. Rechazos increíbles de los "backs" y la línea media. Y también embolses o planeadas de cóndor de arqueros como Velasco y Galarza, Bermúdez y Arraya que ha¬cían estallar a las febriles multitudes. Beriche Ren¬gel era un muro en la defensa y distribuía el juego como un jugador de ajedrez. Camacho y Ugarte fueron los estrategas para ganar el Sudamericano de 1963.

Vibré con tantos goles que me hicieron sentir la eternidad de la alegría; agonicé con tantos otros que me llevaron a las puertas del infierno. Y esto nos pasa a todos ju¬gadores o espectadores si se siente el fútbol como máxima expresión de potencia vital, de alarde juvenil, de compartidos júbilos y tristezas solidarias. Porque el fútbol une y separa a la vez; gran tensor de la emoción colectiva, nos conduce al vértigo de la pasión y el entusiasmo.

Encuentros hay que no se borran jamás de la memoria.

Anotaré uno: la famosa victoria de nuestro "Bolívar" contra la escuadra del "River Plate" argentino por la abultada cuenta de 7 a 2.

¿Cómo ocurrió el milagro? Todavía discuten los técnicos las razones para el derrumbe bonaerense. No fue la altura, como se quiso justificar en Buenos Aires; fueron la ciencia de la academia y el corazón de los celestes los que vencieron al "once" argentino.

Pasaron muchas cosas sorprendentes en ese partido, en el cual el Maestro Ugarte fue estratega y goleador a un tiempo. Recuerdo el tercer tanto: se cobraba un "corner". Un alto y corpulento "back" rioplatense que ya conocía ¡a habilidad de Ugarte se puso detrás del boliviano para impedir que recibiera el balón. Vino la pelota de la esquina derecha y mientras hacía su trayectoria el defensa argentino calculó que pasaría muy alta. Calculó mal porque Ugarte con increíble agilidad se desplazó detrás del "back" rival y con admirable precisión anotaba de golpe de cabeza, casi rozando el palo, un gol fabuloso. Pero esto no es lo inverosímil: tantos así vimos muchos. Lo que suena a fantasía es que diez minutos después vino el cuarto gol: iY cómo! Se cobró nuevamente un "comer" de la esquína derecha. El arquero y los dos defensas argentinos miraron ceñudos al delantero boliviano dispuestos a impedirle todo movimiento, lo custodiaban celosamente. Ugarte volvió a la altura de la mitad del arco rival, teniendo a la espalda al corpulento "back" riverplatense. Y la jugada se repitió con asombrosa precisión. O el maestro tenía un imán para atraer a la pelota o su intuición de la trayectoria del balón era extraordinaria, pues nuevamente se deslizó con agilidad felina detrás del argentino y su cabeza tocó la pelota en el mismo ángulo. El delirio del público fue tan grande como el pasmo de la defensa riverplatense.

He contado esta victo¬ria del "Bolívar" sobre "River Plate", en mi novela "Mateo Montemayor".

Un amigo argentino que leyó el libro me dijo:

-Eso es imposible. No ha sucedido ni puede suceder.

-Bueno -le contesté-, 25.000 personas lo vieron. Pero si usted no lo acepta como realidad, lo incorporo a la leyenda del "Bolívar".

Tampoco se puede olvidar la primera visita de un cuadro rioplatense a Bolivia. El "Almagro", campeón de la división "amateur", invicto hasta entonces con once victorias, visitaba La Paz. Su rival, el corajudo "The Strongest", conducido por Froilán Pinilla, otro gran jugador de la guardia vieja que como los Montes, AIipaz, La Mar, Peláez, Estrada, Arraya, Chato Reyes, Gamarra, Vega, Viscarra, Peñita, Bascón, Soto, Pacheco, González y Saenz, hizo sacudir a las muchedumbres.

El invicto "Almagro" venía capitaneado por el célebre Recanattini, un as del fútbol rioplatense, que jugaba con su clásico sombrerito blanco. En los primeros quince minutos se evidenció la superioridad técníca de los argentinos: jugaban calmos y confiados, y los briosos avances aurinegros se estrellaban ante la maestría de Recanattini. ¿Qué hizo entonces el capitán gualdinegro? Algo no muy deportivo, pero sí recurso estratégico para franquear la muralla argentina. Acometió al "back" famoso, practtcamente lo "fauleó" y lo derribó al suelo. Recanattini quedó desconcertado, el sombrerito blanco había rodado por el suelo como símbolo de que su dueño no era invunerable. Nuevo avance boliviano, .quite de Pinilla al "crack", patada furibunda. . . y gol! "The Strongest" venció por 3 a 1 al cuadro de "Almagro".

Si recordásemos los grandes partidos ganados por "Bolívar", "The Stron¬gest" y "Wilstermann" trazaríamos una novela de suspenso y aventuras.

El jugador se expone en el campo, el "hincha" en las tribunas. ¿Quién no tuvo experiencia en riñas, insultos y peleas por defender a su club? No quiero jactarme por ellas, más bien me avergüenzo, pero cuando vuelvo al estadio me olvido de la sabiduría y de los libros, de la buena educación y la cor¬tesía y estoy dispuesto a pelear con cualquiera que no aplauda al "Bolívar".

Cierta vez, siendo minístro de Educación, esta¬ba en el Palco Presiden¬cial con el presidente Hernán Siles Zua~o y el nuncio de su Santidad, monseñor Mozzoni. Pare¬ce que se me escaparon algunas palabras de esas que no pronunciamos de¬lante de las damas. A la salida, el nuncio Mozzoni, con ironía florentina, dijo al presidente.

-Excelencia, usted de¬bería nombrar a don Fer¬nando ministro de Defen¬sa en vez de ministro de Educación.

Quedé avergonzadisi¬mo, pero no escarmenté.

Nunca me gustaba subir al Palco Presidencial, donde no podía vociferar a mi antojo. Otra vez esta¬ba yo con amigos en bu¬taca numerada cuando un edecán me invitó al Palco Presidencial en nombre de S.E. al segundo tiem¬po de un partido entre "Olimpia" y "Bolívar". Tuve que subir.

El presidente Siles Zuazo estaba junto al emba¬jador del Paraguay. ¿Fue diablura suya o casualidad? No lo sé. El caso es que el "Bolívar" estaba perdiendo por 1 a O y no podía batir la valla guaraní. Yo me mordía de impaciencia, aguantaba desesperadamente para no gritar, pero ante una jugada agresiva contra los celestes que el árbitro •no cobró, no me pude contener. Me levanté del asiento y mirando furioso al embaja¬dor guaraní le grité:

-Viva el Paraguay pero muera el referee!"

Cuento estas anécdotas pidiendo disculpas por lo que tienen de personal, para demostrar el poder catastrófico de transformaciones que tiene el balompié y los éxtasis y torturas que hemos pasado los bolivaristas en medio siglo de seguir la casaca celeste.

En Tembladerani he visitado el estadio "Simón Bolívar" que nuestra Institución construye con gran esfuerzo, venciendo obs¬táculos que le parecían insuperables. Tendrá capacidad para 28.000 espectadores; se entregará parcialmente con sólo dos tribunas este año y el próximo en totalidad. Esta obra monumental se debe, en gran parte, a la munificencia de Mario Mercado, propulsor de negocios y deportes, actual presidente del "Bolívar" al que financia con reiterada generosidad y al que ha infundido el ímpetu de su espíritu dinámico y constructivo. En "Achumaní" el "Bolívar" proyecta erigir un complejo deportivo que se llamará "Villa Bolívar" y una sede propia en la calle lndaburo. Todo ello es resultado de esa nueva orientación progresista que en los últimos años agita a la institución celeste. Ocampo, Ormachea, Jordán, N. Rojas, Paz Zamora, Suárez, Monje, Velasco, Plaza y otros dirigentes acompañan a Mario Mercado en nobles esfuerzos para je¬rarquizar la divisa color del mar.

Es pues el "Bolívar" una escuela de civismo, un centro de cooperación social, un núcleo de atletas y deportistas que fortalece la raza y educa el carácter. Forma hombres dignos para grandes empresas.

Otra virtud que debemos resaltar: el "Bolívar" sabe perder.

Enemigo del escándalo y de las pendencias, cuando gana no se ensoberbece, cuando pierde no se derrumba. Se desplaza en armoniosos movimientos, intrépido, tenaz, nunca brutal. Vamos a verlo jugar para delicia de la visión, para regocijo intelectual, para exaltación de los sentidos. Alborta, Ugarte, Blacutt supieron orquestar la escuadra celeste con rigorismo de geómetras: no para deslumbrar la prepotencia de la mente colectiva, sino para dar cátedra de empuje con destreza, de habilidad con elegancia, de fortaleza con dominio de la fuerza.

Es que existe una cierta forma de religiosidad en los que hace cincuenta años empleamos todos los recursos de la volun¬tad y de la imaginación, al servicio de la causa bolivarista.
Pretendemos educar la mente de grupo. Ser nobles y corteses. Que "Bolívar" sea símbolo de paz y de concordia. No importa si no siempre salimos campeones: preferimos ser señores en la cancha.

Hay que recordar todavía a una pareja endiablada: "Chingolo" Orozco, que se escurría como un pez entre las piernas adversarias, y "Chirisco" Romero, el de los quiebres de cintura inesperados. O evocar la tenacidad de "Bu ll-dog" de Edgar Vargas y el juego impetuoso de Mario Mena. Y ese gran defensa que se lla¬mó Ramón Santos, el de los disparos fulminantes. Y ese magnífico Ramiro Blacutt, que recién llegado de Alemania infundió nueva vida y ritmo belicoso al conjunto azulado, aportando un estilo volcá¬nico de ímpetu y veloci¬dad que coronaba con disparos soberbios a la red.

He guardado para el último hablar de Víctor Agustín Ugarte, porque él ha sido cifra y clave, gloria y símbolo, el blasón más alto del Club "Bolívar".

Nadie aventajó al "Maestro Ugarte" en cien¬cia futbolística ni en el arte de fabricar goles. Si se hubiesen contado los que anotó en su vida, po¬siblemente no tendría rival. Los brasileños tuvie-ron "O" Reí" Pelé", nosotros el Guanaco de Oro, Rey de las Cumbres Futbolísticas, el que cru-zaba los campos yerdes como un meteóro alado, ágil, vivaz, intuitivo y penetrante, el que amaba al "Bolívar" y desarmaba a sus contrarios. El que dio sus mayores victorias al balompedismo nacional y los mayores regocijos al entusiasmo popular. Un día se lo llevaron los de San Lorenzo de Almagro:

jugaba tanto y tan bien que sus propios compañeros porteños le hacían el vacío. Tuvo que volver. Poco tiempo después su valor y su experiencia arrebataban a los argentinos el Campeonato Sudamericano de 1963. Linda venganza.

Victor Agustín Ugarte, el mejor. "Maestro" lo llamó el pueblo. Nosotros le decimos el Arquitecto de los Triunfos. Su inteligencia para concebir las jugadas inigualables. Su maniobra en la cancha infatigable. Sus tiros y sus remates de cabeza impe¬cables. Fue el que más tempestades de alegría desató en los corazones, ídolo de las multitudes y de los niños. Todos querían jugar como Ugarte.

Limpio en el juego, hidalgo en los incidentes. Nunca provocaba grescas. Recuerdo una ocasión en que un trinquete extranjero, burlado diez veces por el Maestro se enfureció tanto que lo pateó brutalmente por atrás en un "faul" escandaloso. ¡Al Maestro Ugarte! Se oyó en el estadio el rugido de 20.000 leones. Expulsado el salvaje casi no pudo llegar al túnel salvador por la lluvia de proyectiles que le arrojaba el público.

Es que Ugarte llegó a ser una institución paceña.

Hoy mismo, cuando asistimos al descalabro de algún cuadro predilecto, acude a nuestras mentes la imagen cordial del Maestro Ugarte, imantada de simpatía, siempre se¬reno, sonriente, delante de él, todas detrás, llevándose la pelota como pegada a los botines hasta depositarla suavemente, como una rosa aérea, en las esquinas cóncavas de los arcos extranjeros.

Los jugadores que el "Bolívar" ha inscripto para el presente Campeonato, son Jiménez, Galarza, Achi, Rojas, Franco, Costa, Varas, Fanola, Aldunate, Góngora, Cuéllar, Díaz, Linares, Artieda, Morales, Oropeza, valores dignos de admiración y gratitud porque ya nos dieron jornadas memorables en destreza y valentía.
Que la suerte los acompañe y su voluntad jamás vacile. Tienen que defender una larga y gloriosa tradición de lucha honesta.

A la nueva escuadra celeste que se integra con astros y estrellas nadentes, queremos decirles:

-La Academia no se rinde. Nunca! Hay que infundirle nuevos bríos. Darle la pasión vencedora, la tenacidad inquebraritable, el luego divino del entusiasmo de los tiempos de Alborta, de Ugarte, de Blacutt. Jugar los 90 minutos del encuentro con ritmo sostenido. Buscar el gol atrevidamente y porfiadamente porque el fútbol son los goles. Y no abandonar la hermosa consigna bolivarista de fe, de constancia, de esperanza: vencer o perder varonilmente. Cada hombre, una usina de energías; cada corazón, una saeta disparada en pos del triunfo.

Asistimos a la aurora del reconocimiento nacional.

El gobierno ha querido asociarse al Cincuentenario de la benemérita institución, y el Cóndor de los Andes, con alas de victoria, blasonará la divisa celeste.

Agradezcamos al presidente Banzer, al Gobierno Nacionalista, y al Dr. Bulacia, gran anima-dor de los deportes en Bolivia, que recogiendo el clamor popular, enaltecen al Club Bolívar con su amistad.

Cultura y deporte se dan la mano. Gobierno y pueblo también. Porque nada aventaja al fútbol como expresión de la vo¬luntad de poder de las multitudes. Brota del pueblo, a él se entrega. Es hijo de sus decepcio¬nes y padre de sus júbilos.

La mejor escuela de varonía para quien busca patria grande y destino preclaro.

El futbol deporte tán amado y tan mal comprendido por sus detractores que ignora que a veces, corriendo detrás de una pelota, el hombre se trasfunde en fuego y huracán.

Perdonad las efusiones líricas del soñador, esta evocación emotiva que brota de un corazón bolivarista agradecido a La Academia que lo hizo remontarse mil veces al cielo de las grandes alegrías.

Sé que muchos harán mofa del fervor estremecido con que los fieles deportistas evocan las proezas de sus héroes.

Esos no advierten que las tensiones del cuerpo cuando se anudan con las pasiones del alma, se encaminan a una sabiduría vitalista que espiritualiza la materia, porque también la energía hu-mana cuando se proyecta a remontados fines, llega a conocer la sonrisa misteriosa de la belleza que "doma la muchedumbre heroica de los hombres", como cantaba el bate de los exámetros ilustres.

Cesen ya críticas y menosprecios. El fútbol no embrutece ni tampoco impide el perfeccionamiento individual. Más bien da una apertura de audacia a la voluntad y de afinamiento a los sentidos. He aquí por qué pienso que los deportistas deben ocupar lugar sobresaliente en la construcción social, por ser profesionales del carácter, magos de la improvisación, dos facultades que asedian al varón de nuestros días.

Que rabien los adversarios de las multitudes delirantes y de las "hinchadas" explosivas; pero el fútbol seguirá siendo escuela de intrepidez, de gallardía, de elegancia, de constancia. Para el jugador, el mayor desafío. Para el espectador, la visión más incitante.

Nada más grandioso, más conmovedor, cuando 20.000 seres se ponen de pie en un impulso eléctrico y gritan y vibran al unísono, después de haber visto cómo, tras la jugada magistral, un disparo fulminante de potencia varonil coloca la pelota en la carne feme¬nina y temblorosa de la red.

Eso es el fútbol: anhelo de victoria o perder con gloria. Suprema escuela en que la fuerza y la des¬treza nos hacen vivir in¬tensamente. Y el balón es un símbolo alado del espí¬ritu que impulsa al cuerpo del infante detrás de una pelota, hace al hombre poderoso y ágil a la vez, y lo mira finalmente rodar como cansada bola cuando se extenúan las ansias del vivir.

Leemos al "Bolívar" legendario de ¡os grandes encuentros memorables. Miremos en su coloratura emblemática el presagio del otro azul que nos es¬pera en el Pacífico lejano. Y mientras el Señor nos conceda piernas para movernos, manos para aplaudir y voces para gri¬tar, sigamos la trayectoria fulgurante del ONCE pro¬digioso que ha dado al entusiasmo de los bolivianos, estatura de montaña y ardores de volcán.

La Paz, 11 de abril de 1975.

* Texto completo de la Apología Lírica del Bolívar Legendario, de Fernando Diez de Medina, laureado escritor y poeta boliviano, famoso hincha del club, fallecido el 21 de septiembre de 1990.

 

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